Para acompañar una tabla de quesos, un vermut o un picoteo con amigos, unas galletas saladas caseras con espinaca y remolacha dan color a la mesa y un crujiente que no tienen los picos ni los crackers de bolsa. Las cantidades llenan una bandeja de aperitivo para 4 personas, y entre preparar las bases, amasar, reposar y hornear, calcula alrededor de 1 hora.

Lo más vistoso de esta receta es que se preparan 2 masas de colores a partir de los mismos ingredientes: una verde, con las espinacas, y otra de un rosa intenso, con la remolacha. Cada una lleva 150 g de harina y 75 g de queso rallado, así que solo tienes que repartir a partes iguales. Para la remolacha, la cocida que se vende envasada al vacío ahorra tiempo y tiene un color muy estable. En cuanto al queso, uno curado o semicurado bien rallado aporta más sabor y se tuesta mejor en el horno que uno tierno, que tiende a dejar la galleta blanda.

Para que crujan de verdad, cuida el grosor: entre 2 y 3 mm, estirando la masa entre 2 hojas de papel vegetal para que quede pareja de un extremo a otro. El horno, a 180 °C durante 12 a 15 minutos, hasta que los bordes empiecen a dorarse. Y no las guardes calientes: el crujiente definitivo llega cuando se enfrían sobre una rejilla, con el aire pasando también por debajo.

Información nutricional(por ración)

Energía

185 kcal

Hidratos

24 g

Grasas

7.5 g

Fibra

2.2 g

Proteínas

5.8 g

¿Cuántos comensales?
4
Harina
Harina
300 gramos
Espinaca
Espinaca
200 gramos
Queso rallado
Queso rallado
150 gramos
Remolacha
Remolacha
1 unidad
Levadura
Levadura
al gusto
Sal
Sal
al gusto
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Paso 1 de 3

Prepara los purés de espinaca y remolacha

Prepara los purés de espinaca y remolacha

Lava los 200 g de espinacas frescas y escáldalas en un cazo con un chorro generoso de Caldo Casero de Verduras 100% Natural, unos 200 ml, durante 2 minutos, hasta que pierdan volumen y estén tiernas. Escúrrelas en un colador presionando con una cuchara para sacar todo el líquido que puedas y reserva ese caldo tibio, porque te servirá para ajustar la masa. Tritúralas hasta obtener un puré fino. Si quedan húmedas, la masa pedirá mucha más harina y las galletas saldrán duras.

Por otro lado, trocea la remolacha cocida y tritúrala con una pizca de sal hasta conseguir una crema lisa y brillante. Trabaja los 2 purés en recipientes separados y lava bien la batidora entre uno y otro, porque la remolacha tiñe enseguida y mancharía el verde de las espinacas. Ten cuidado también con la tabla y los trapos: el jugo de remolacha mancha mucho. Calienta ya el horno a 180 °C, así estará a punto cuando la masa haya reposado.

Paso 2 de 3

Amasa las 2 masas y déjalas reposar

Amasa las 2 masas y déjalas reposar

Prepara 2 boles. En cada uno, mezcla 150 g de harina tamizada, 75 g de queso rallado fino, una pizca de sal y la mitad de la levadura química, que en total es media cucharada. Añade el puré de espinacas a uno y la crema de remolacha al otro, e integra con una espátula y después con las manos. Si la masa queda seca y se agrieta, incorpora el caldo reservado a cucharadas; si se pega, espolvorea un poco más de harina. Buscas una masa elástica que no se quede en los dedos.

Vuelca cada masa sobre la encimera ligeramente enharinada y amásala con energía durante 4 o 5 minutos: tiene que quedar lisa y suave. Forma una bola con cada una, cúbrelas con un paño limpio y déjalas reposar a temperatura ambiente entre 15 y 30 minutos. El reposo relaja el gluten: sin él, la masa se encoge cada vez que pasas el rodillo y cuesta mucho dejarla fina.

Paso 3 de 3

Estira, corta y hornea hasta que crujan

Pon una de las masas entre 2 hojas de papel vegetal y estírala con el rodillo hasta dejarla de 2 a 3 mm. Estirar así es fácil y limpio: la masa no se pega al rodillo y no necesitas añadir más harina, que secaría la superficie. Cuanto más uniforme sea el grosor, más parejo será el horneado; si prefieres galletas algo más gruesas, de 3 a 4 mm, quedarán más tiernas por dentro y necesitarán unos minutos más. Repite con la otra masa.

Retira la hoja de arriba y corta las galletas con moldes, un cortapastas o un cuchillo afilado, en rectángulos, círculos o tiras. Pínchalas con un tenedor para que no se hinchen y pasa el papel con las galletas a la bandeja. Hornea a 180 °C, con las 2 resistencias encendidas, de 12 a 15 minutos, hasta que los bordes empiecen a dorarse. Sácalas y déjalas enfriar por completo sobre una rejilla.

Consejos finales

Si al enfriarse siguen blandas, casi siempre es por el grosor o por el horno: o la masa quedó más gruesa en el centro, o les faltaron unos minutos. Vuelve a meterlas a 160 °C de 3 a 5 minutos y deja que se enfríen otra vez sobre la rejilla. Si se han hinchado como pequeñas almohadas, la próxima vez pínchalas con más densidad, y si los bordes se oscurecen mientras el centro sigue pálido, baja la bandeja a la altura media del horno.

Escurre las espinacas hasta que no suelten más líquido, porque el agua de la verdura es la enemiga de una galleta seca, y no las guardes hasta que estén completamente frías al tacto, ya que el vapor que queda dentro las ablanda en pocas horas. Son trucos simples, y pesan más en el crujiente que cualquier ajuste de horno.

Funcionan sobre una tabla de quesos curados o junto a cremas de untar como un hummus o un paté vegetal de berenjena y pimientos asados. Para una mesa de aperitivo más completa, añade unas tartaletas saladas rellenas, que se preparan con antelación igual que estas galletas.

Guardadas en una lata hermética bien cerrada, lejos de la humedad, aguantan hasta 5 días. Si pierden algo de textura, un golpe de horno a 160 °C, de 3 o 4 minutos, se la devuelve. Y para la merienda, en versión dulce, prueba unas galletas para niños que pueden cortar ellos mismos, unas galletas de chocolate caseras o unas galletas de almendra y mantequilla.

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