Una cazuela de barro que llega a la mesa todavía chisporroteando, con las gambas al pilpil nadando en aceite de ajo y guindilla, es de esas tapas que se vacían antes de que nadie pida la segunda ronda. Entre laminar el ajo, reducir el vino y saltear el marisco, esta versión casera está lista en unos 15 minutos para 4 personas, como tapa abundante o como primer plato.

El nombre, que muchos escriben pil pil, lo toma prestado del bacalao al pil pil vasco, aunque aquí no hay gelatina de pescado que espese la salsa: el aceite se perfuma con el ajo y la guindilla y se mezcla con el vino reducido y con el jugo que sueltan las gambas al cocinarse. En los bares andaluces es habitual servirlas en cazuelitas individuales de barro, y cada casa ajusta el picante a su manera, con más o menos guindilla y con o sin sus semillas.

La gamba pelada congelada funciona muy bien si la descongelas despacio: la noche anterior, en la nevera y dentro de un colador para que el agua no se quede en contacto con el marisco. Si prefieres comprarla fresca y entera, cuenta con cerca del doble de peso para llegar a 1 kg limpio, y guarda las cabezas para un caldo. Con tan pocos ingredientes todo es fácil mientras vigiles el fuego: el ajo se dora a fuego medio-bajo en unos 2 minutos y las gambas no pasan de 1 o 2 minutos en la cazuela, o quedan secas y harinosas.

Información nutricional(por ración)

Energía

225 kcal

Hidratos

1.4 g

Grasas

13.2 g

Fibra

0.3 g

Proteínas

24.5 g

¿Cuántos comensales?
4
Gamba
Gamba
1 kilo pelada
Ajo
Ajo
3 dientes
Vino blanco
Vino blanco
1 vaso
Guindilla
Guindilla
1 unidad
Sal
Sal
1 una pizca
Perejil
Perejil
al gusto
Imágenes generadas con IA
Cooking Mode Desactivado

Con el Cooking Mode tu pantalla no va a entrar en modo hibernación...

Paso 1 de 4

Descongela y seca bien las gambas

Si usas gamba congelada, sácala la noche anterior y déjala en la nevera dentro de un colador apoyado sobre un bol, para que el agua del deshielo escurra. Con prisa, puedes meterla en una bolsa bien cerrada y sumergirla en agua fría de 30 a 40 minutos. Evita dejarla horas a temperatura ambiente: se descongela de forma desigual y no es seguro para el marisco.

Si partes de gamba fresca entera, pélala retirando la cabeza, el caparazón y el intestino con un palillo o un cuchillo fino. Después extiende el kilo de gamba pelada sobre varias capas de papel de cocina y sécala por arriba y por abajo, sin restos de hielo.

No te saltes el secado: el agua que lleve la gamba hace saltar el aceite, lo enfría de golpe y el marisco termina hervido en su propio jugo, pálido y sin una salsa ligada.

Paso 2 de 4

Dora el ajo y la guindilla despacio

Lamina finos los 3 dientes de ajo, todos del mismo grosor, para que se doren a la vez. Corta la guindilla en aros pequeños; si quieres un picante suave, retira parte de las semillas, y para un picante intenso, déjalas todas.

Pon en una cazuela de barro o en una sartén amplia de fondo grueso aceite de oliva virgen extra hasta cubrir el fondo con 4 o 5 mm, unos 150 ml en total para el kilo de gamba. Echa el ajo y la guindilla con el aceite todavía templado y deja que se hagan a fuego medio-bajo unos 2 minutos, removiéndolos con suavidad, hasta que el ajo tome un dorado claro y empiece a bailar en la grasa.

Con 1 kg de gamba, una sola cazuela se llena demasiado: reparte el aceite, el ajo y la guindilla en 2 cazuelas, o cocina en 2 tandas. El barro guarda mucho calor, así que retíralo del fuego un poco antes de lo que harías con una sartén.

Paso 3 de 4

Añade el vino y redúcelo a la mitad

Cuando el ajo tenga ese dorado claro, retira un momento la cazuela del calor e incorpora el vaso de vino blanco poco a poco, porque al tocar el aceite caliente salpica. Ese chorro de líquido frío también frena el dorado del ajo justo a tiempo, antes de que se queme y amargue.

Devuelve la cazuela al fuego, ahora medio, y deja que el vino hierva unos 2 minutos, hasta que quede aproximadamente la mitad. Sabrás que está cuando las burbujas se vuelvan más gruesas y ya no huela a alcohol al acercarte.

Esta reducción integra la acidez y los matices afrutados del vino en el aceite y evita que la salsa final sepa a vino crudo. Si has repartido en 2 cazuelas, divide también el vino entre las 2.

Paso 4 de 4

Saltea las gambas y sirve al momento

Añade las gambas bien secas y una pizca de sal y sube el fuego. No uses cuchara: mueve la cazuela a golpe de muñeca, en círculos, para que los jugos del marisco se mezclen con el aceite y el vino y formen la salsa.

Cocínalas solo 1 o 2 minutos: deben pasar de grises y translúcidas a un rosado opaco. Fíjate también en la forma: cuando se curvan en C están en su punto; si se cierran del todo, como una O, ya se han pasado. Apaga el fuego en cuanto lleguen a la C, porque el calor del barro sigue cocinándolas.

Espolvorea perejil recién picado y lleva la cazuela a la mesa tal cual. Si lo prefieres, reparte las gambas en cuencos de barro pequeños: así conservan el aspecto clásico y sirven igual como tapa que como primer plato de una comida ligera.

Consejos finales

Pon la cazuela sobre un salvamanteles y avisa de que quema: el barro mantiene el aceite burbujeando un par de minutos y la salsa sigue viva en la mesa. No faltes con el pan, mejor de masa madre o de corteza crujiente, para mojar hasta la última gota.

Como entrante para 4 personas combina con algo fresco, como unas rodajas de tomate aliñado, unas alcachofas a la plancha o unos pimientos asados, y si montas una mesa de tapas, una ensaladilla de gambas fría hace buen contraste con la cazuela caliente.

Sácalas cuando todavía les quede alguna zona algo translúcida, porque el calor residual termina el trabajo en menos de 1 minuto. Si el ajo se oscurece antes de que entre el vino, retira esas láminas y empieza con ajo nuevo; quemado amarga todo el aceite y no hay forma de corregirlo después. Para una salsa grasa y suelta funcionan los trucos de barra de bar: mueve la cazuela fuera del fuego con una cucharada de agua caliente durante unos segundos y verás cómo liga.

Si sobran, guárdalas tapadas en la nevera y tómalas en 1 o 2 días, pero no las recalientes en la cazuela, porque se quedan duras: córtalas en trozos y úsalas frías en una ensalada o añádelas en el último momento a una pasta. No conviene congelarlas ya cocinadas.

El aceite de ajo que queda en la cazuela, colado, es una base estupenda para empezar el sofrito de un arroz meloso de calamares y gambas. Y para una mesa más grande, en la que no apetece estar pendiente de varias cazuelas, las gambas al horno se hacen todas a la vez en la bandeja.

Valora esta recetas 1 valoraciones
Añade esta receta a tus favoritos Y tenla a mano siempre que quieras