Gracias a un remojo largo y a la pectina de sus propias semillas, la mermelada de limón casera se hace solo con pulpa, corteza y azúcar, cocidos hasta que espesan y gelifican. Con 1 kg de limones salen 2 frascos de 500 g, suficiente para los desayunos de unas 8 personas, y aunque el proceso se reparte en 4 días, el trabajo de verdad ronda 1 hora y media: durante 3 días los gajos solo esperan en agua y el cuarto se cuecen unos 40 minutos. Pide más paciencia que técnica, y eso la hace fácil incluso si nunca has preparado conservas: no necesita pectina comprada, porque la ponen las semillas, y el amargor se va con el agua del remojo.

La palabra mermelada viene del portugués marmelada, que era la pasta de membrillo, marmelo en esa lengua. Con el tiempo pasó a nombrar cualquier fruta cocida con azúcar hasta espesar. En España, Murcia y la Comunidad Valenciana reúnen la mayor parte del limón que se cultiva, y allí la conserva de cítricos ha sido una forma habitual de aprovechar la cosecha.

Como la corteza acaba dentro del tarro, compra limones sin tratar o ecológicos, de piel fina y que pesen en la mano, señal de que tienen zumo. El limón fino se recoge en otoño e invierno y el verna desde finales de invierno hasta el verano, así que hay fruta buena casi todo el año. La proporción es sencilla de recordar: el mismo peso de azúcar que de pulpa, y las semillas reservadas en un saquito que se cuece con la fruta. Con esas bases, el resto es vigilar el punto.

Información nutricional(por ración)

Energía

72 kcal

Hidratos

17.5 g

Grasas

0.1 g

Fibra

0.6 g

Proteínas

0.2 g

¿Cuántos comensales?
8
Limón
Limón
1 kilo maduro
Agua
Agua
al gusto
Azúcar blanco
Azúcar blanco
al gusto
Sal
Sal
1 una pizca
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Paso 1 de 10

Lava, corta y aparta las semillas

Lava el kilo de limones bajo el grifo frotando la piel con un cepillo de cerdas duras, para retirar el polvo y los restos de cera; la corteza va a acabar en la mermelada, así que merece la pena hacerlo con calma. Sécalos con un paño limpio.

Córtalos por la mitad a lo ancho y saca todas las semillas con la punta de un cuchillo. No las tires: guárdalas en un cuenco, porque son la fuente de pectina que hará cuajar la mermelada. Después corta cada mitad en gajos de tamaño parecido, de forma que todos se remojen y se ablanden por igual durante los próximos días.

Paso 2 de 10

Remoja los gajos durante 3 días

Pon los gajos en un bol grande y cúbrelos con agua fría. Déjalos reposar 3 días completos y cambia el agua 2 veces al día, por la mañana y por la noche. Si la cocina es calurosa, guarda el bol tapado en la nevera.

Este remojo es lo que distingue esta mermelada: el agua arrastra buena parte del amargor de la parte blanca y ablanda la corteza, que luego se cocina antes y queda tierna. Si te saltas algún cambio, el agua se satura y el efecto se pierde, de modo que procura que no pasen más de 12 horas entre uno y otro. Al tercer día, la corteza se doblará entre los dedos sin quebrarse.

Paso 3 de 10

Prepara el atado de semillas

El mismo día que pones los limones en remojo, envuelve las semillas reservadas en un trozo de gasa y átalo con hilo de cocina, formando un saquito bien cerrado. Ponlo en una taza, cúbrelo de agua y guárdalo en la nevera durante esos 3 días.

Con el reposo, las semillas sueltan su pectina y el agua de la taza se vuelve espesa, casi como un gel. Esa agua es la que dará cuerpo a la mermelada, así que no la tires al cuarto día: va entera a la olla junto con el saquito. Si no tienes gasa, sirve un trozo de tela fina de algodón bien limpia.

Paso 4 de 10

Separa la pulpa y pésala con el azúcar

Pasados los 3 días, escurre los gajos y separa la cáscara de la pulpa con la ayuda de una puntilla. Repasa la pulpa por si queda alguna semilla y deséchala junto con las membranas más duras. Guarda las cáscaras, porque una parte vuelve a la olla en el paso siguiente.

Pesa la pulpa: es el paso más importante de la receta, porque marca la cantidad de azúcar. Ponla en una olla de fondo grueso con el mismo peso de azúcar blanco y la pizca de sal, que redondea la acidez. Si obtienes 500 g de pulpa, por ejemplo, añade 500 g de azúcar. Esta proporción de 1 a 1 es la que ayuda a que la mermelada espese y se conserve; si la reduces mucho, quedará más líquida y durará menos en el tarro.

Paso 5 de 10

Añade las cortezas y el gel de semillas

Elige algunas de las cáscaras, según lo intensa que quieras la mermelada: cuantas más cortezas, más aroma y también más amargor. Retira con un cuchillo bien afilado toda la piel blanca que queda entre la corteza y la pulpa, porque es la parte más amarga, y corta la corteza amarilla en tiras muy finas. Añádelas a la olla.

Saca de la nevera la taza con el saquito: el agua habrá cogido textura de gel por la pectina de las semillas. Introduce el saquito en la olla y vierte también toda el agua de la taza. Remueve para que el azúcar se moje bien y deja reposar unos 15 minutos antes de encender el fuego; el azúcar empezará a disolverse con el zumo y se agarrará menos al fondo.

Paso 6 de 10

Cuece a fuego bajo unos 40 minutos

Pon la olla a fuego medio hasta que empiece a hervir y baja enseguida a fuego bajo, de modo que la mezcla borbotee suave y constante sin salpicar. Cuece unos 40 minutos, removiendo de vez en cuando con una cuchara de madera o de silicona y rascando bien el fondo, que es donde el azúcar se pega primero.

Si ves que se seca demasiado antes de que la corteza esté tierna, añade un poco de agua caliente. A medida que se evapora el líquido, la pectina va espesando la mezcla, las burbujas se vuelven más grandes y lentas y las tiras de corteza se ven translúcidas. En los últimos minutos vigílala de cerca: pasa rápido de punto y puede caramelizarse.

Paso 7 de 10

Comprueba el punto en un plato frío

Antes de empezar a cocer, mete un plato pequeño en el congelador. Cuando lleves unos 35 minutos de cocción, pon una cucharadita de mermelada sobre el plato frío, espera 1 minuto y traza un surco por el centro con la cuchara.

Si los bordes del surco se juntan, todavía le falta: sigue unos minutos y repite la prueba. Si el surco se mantiene abierto y la superficie se arruga al empujarla con el dedo, ya está. Con termómetro de cocina, el punto de gelificación está hacia los 104 °C. Ten en cuenta que en frío espesa bastante más, así que es mejor retirarla algo suelta que pasarse: una mermelada pasada de punto queda dura y con sabor a caramelo.

Paso 8 de 10

Retira el atado de semillas

Cuando la mermelada esté en su punto, apaga el fuego y saca el saquito de semillas con unas pinzas o una cuchara. Apriétalo un poco contra el borde de la olla para que suelte el gel que le queda, sin llegar a romper la gasa, y deséchalo.

Retira con una cuchara la espuma clara que se forma arriba; no afecta al sabor, pero enturbia el tarro. Después deja reposar la mermelada unos 5 minutos fuera del fuego y dale una última vuelta: así empieza a espesar ligeramente y las tiras de corteza se quedan repartidas por toda la masa en lugar de subir todas a la superficie al envasar.

Paso 9 de 10

Envasa en tarros esterilizados

Mientras cuece la mermelada, esteriliza 2 tarros de cristal de 500 g con sus tapas: hiérvelos cubiertos de agua durante 10 minutos y déjalos escurrir boca abajo sobre un paño limpio. Conviene que estén todavía calientes al llenarlos, para que el cristal no sufra con el contraste de temperatura.

Con un cucharón y un embudo de boca ancha, llena los tarros con la mermelada aún muy caliente hasta dejar aproximadamente 1 cm libre respecto al borde. Limpia la rosca con un paño húmedo si se ha manchado, porque cualquier resto impide un cierre hermético, y enrosca las tapas con firmeza. Coloca los tarros boca abajo y déjalos así hasta que se enfríen por completo.

Paso 10 de 10

Deja reposar y guarda los frascos

Cuando estén fríos, ponlos boca arriba y comprueba que la tapa ha quedado hundida en el centro y no hace clic al presionarla: es la señal de que se ha hecho el vacío. Si alguna sigue abombada, guarda ese tarro en la nevera y consúmelo primero.

Deja reposar la mermelada al menos 24 horas antes de abrirla, para que termine de gelificar. Guarda los frascos cerrados en un lugar fresco, seco y sin luz directa, donde se mantienen varios meses. Una vez abiertos, consérvalos siempre en la nevera y usa una cuchara limpia cada vez; así aguantan unas 3 o 4 semanas.

Consejos finales

Sírvela a temperatura ambiente sobre una tostada con mantequilla o con quesos frescos como el requesón, que se llevan muy bien con su acidez. También sirve para rellenar un bizcocho de yogur de limón partido por la mitad, para dar brillo a tartaletas de fruta o para cubrir una tarta de queso con mermelada en lugar de la habitual de frutos rojos.

Si al día siguiente la mermelada ha quedado líquida, no está perdida: vuelve a ponerla en la olla, cuécela de 5 a 10 minutos más y repite la prueba del plato frío antes de envasarla de nuevo en tarros esterilizados. Si, por el contrario, ha quedado demasiado firme, caliéntala con un par de cucharadas de agua hasta que se suelte. Cuando amarga demasiado, el origen suele estar en restos de piel blanca o en cambios de agua demasiado espaciados durante el remojo; la próxima vez, el truco es pelar la corteza con un cuchillo muy afilado y no dejar pasar más de 12 horas entre un cambio y otro.

Otro fallo habitual es subir el fuego para acortar la cocción. Con fuego fuerte el azúcar se pega y toma color antes de que la corteza esté tierna, y el resultado sabe a caramelo en lugar de a limón. Merece la pena dedicar los 40 minutos completos a fuego bajo y remover de vez en cuando.

En la cocina salada, una cucharadita disuelta en una vinagreta da un contrapunto dulce a las ensaladas templadas. Y si el limón es lo tuyo, prueba la mousse de limón para el postre o una salsa de limón para acompañar pescados y pollo.

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