La mostaza es un condimento milenario. La palabra latina proviene del término “mustum ardens”, mosto que arde, haciendo referencia a su característico picor que sube a la nariz.
Sabemos que se utilizaba en la antigua Babilonia y que la cultura china ha hecho uso de sus minúsculas semillas desde hace unos tres mil años. Los egipcios y los griegos también la conocían y la usaban en preparaciones culinarias. Los romanos la utilizaban majando sus semillas con mosto para condimentar con este aliño numerosos alimentos.
No sorprende, pues, que en el Evangelio según San Marcos exista una “Parábola de la mostaza” que empieza así:
"¿Con qué puede compararse el reino de Dios? ¿A qué se parece? Es como la semilla de mostaza que el agricultor siembra en la tierra. A pesar de ser la más pequeña de todas las semillas del mundo, cuando crece se hace la más grande de las plantas del huerto. ¡Tiene ramas bien grandes, y hasta los pájaros pueden hacer nidos bajo su sombra!". (Marcos, 4,30-32)