A mediados del siglo XVII, algunos hortelanos que cultivaban melones en los alrededores de París empezaron a vender también los hongos que crecían espontáneamente en los montones de estiércol que se acumulaban en el suelo para ser usados como abono.
Los champiñones triunfaron en la corte de Luis XV y los agricultores que cuidaban de los huertos de palacio empezaron también a cultivarlos para abastecer los caprichos del monarca. Pronto descubrieron que el micelio o aparato vegetativo podía recogerse y sembrarse en hoyos para germinar. Las anchas hojas de los melones los protegían del sol y de la lluvia.
A principios del siglo XIX, Pierre de Chambry escogió las canteras abandonadas de Passy, al sur de París, para experimentar secretamente una nueva forma de cultivo en un ambiente de humedad estable y sin luz. El experimento fue un éxito.
Los vecinos se sorprendieron de que Chambry consiguiera champiñones incluso en verano y empezaron a espiarle. Cuando se descubrió su secreto, numerosos agricultores de la zonas de Passy y Chaillot le imitaron. Las canteras, catacumbas y cuevas de París se llenaron entonces de champiñones cultivados.
Posteriormente, esta forma de cultivo acabaría extendiéndose a otras comarcas, e incluso a otros países, pero los hongos mantendrían ya para siempre el nombre de “champiñones de París”.